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Thursday, 11 September 2014

Relato: Creímos estar Dormidos

Buenas a todos, hoy comienzo una nueva sección en la que iré dejando algunos relatos que he presentado a certámenes literarios, otros que han permanecido mucho tiempo en el cajón y que ahora comparto con todos vosotros, mis lectores, etc. Espero que os interesen y me escribáis un comentario sobre qué os ha parecido.

Título: Creímos estar Dormidos.
Género: Ciencia-Ficción, intriga.
Extensión: 9 páginas. 

CREÍMOS ESTAR DORMIDOS





Aquella noche todos los seres humanos del planeta nos fuimos a dormir como cualquier otra noche plagada de las innumerables efímeras horas de sueño, como ya habíamos hecho anteriormente a lo largo de nuestra corta o larga existencia. Todos dormíamos, excepto unos pocos desafortunados que no durmieron como los demás y sufrieron las consecuencias.

El catorce de Junio del año dos mil cuarenta, no fue otro día cualquiera. Llevábamos unos tres años  en los que un día y una noche del año,  todos dormíamos. Nuestros dirigentes habían sido capaces de taladrar nuestro cerebro para que ese día, elegido al azar, supuestamente, se declarase el día mundial del sueño. De esta manera, el planeta se paraba por completo. Era como una especie de parada de máquinas para poder reiniciar el sistema y que así, al menos de manera simbólica, nuestro planeta pudiese respirar, al menos, por un día.

Fueses como fueses, vivieras donde vivieras,  sufrieses insomnio o de narcolepsia, tenías que prepararte para dormir. Incluso los más raros celebraban fiestas de pijama multitudinarias en polideportivos o auditorios. Tal era el estado de convencimiento, o de ignorancia, que ni siquiera nos rebelamos cuando se nos informó de que seríamos levemente sedados a través de ondas electromagnéticas y fármacos. La explicación fue que de ese modo se evitaba que algunos desalmados violasen el buen propósito de la inmensa mayoría de la población del planeta, y robasen saqueasen, destruyesen aquello que los demás tratábamos de salvar. Yo fui uno de tantos crédulos que abanderé el movimiento pro-salvación del planeta con una jornada de sueño anual. Ahora pienso cómo de imbéciles fuimos, al tragarnos semejante patraña.

Durante las ocasiones anteriores, nadie recordaba nada, tan sólo que habían dormido como nunca. Un sueño reparador y placentero, aderezado con el mejor de los sueños, fue el único recuerdo de nuestro día a favor del sueño del año 2038 y 2039. Hubo incluso personas que incluso teniendo problemas con regularidad para conciliar el sueño, ese día durmieron como un bebé a pesar de ser las cuatro de la tarde y estar a pleno sol en el hemisferio donde se encontraban, mientras que la otra parte del mundo dormía con total normalidad durante la noche. Estas personas trataron de averiguar cuál era el fármaco, facilitado por las autoridades estadounidenses, para comprarlo; era la primera vez que dormían diez horas seguidas, tras décadas de sueño ligero, pero no tuvieron suerte a pesar de su empeño.

Nunca se sabía cuándo sería el próximo día mundial del sueño por la salvación medioambiental del planeta. El primer año había sido en Enero, pero el siguiente en Mayo. Este año nos habían comunicado con tan sólo dos semanas de antelación que la celebración  mundial sería el día 14 del mes de Junio. Me había fastidiado enormemente, pues era mi cumpleaños y pensaba hacer una barbacoa, la carne tuvo que ser congelada, las bebidas almacenadas; mis invitados ese día tenían algo más importante que hacer: dormir.

Durante el primer día mundial del sueño global colectivo, no hubo incidencias; pero durante el segundo sí: desaparecieron algo más de mil personas en todo el globo. Las autoridades estadounidenses y europeas, principales rectores de la iniciativa; se apresuraron a decir que no había de qué preocuparse. Finalmente una densa cortina de humo se posó sobre esas desapariciones, con espectaculares noticias sobre bajadas empicadas de los tipos de interés o descubrimientos singulares relacionados con la vida cotidiana.

Poco a poco los familiares de esas personas fueron apagando sus protestas. Una amenaza por aquí, un trabajo por allá, incluso algún silencio comprado voló sobre las humildes economías de estas familias.

Pero la tercera y última celebración de sueño universal, fue muy diferente. Para empezar, todo fue mucho más repentino y descontrolado. Cuando las autoridades anunciaron la celebración de este día, no todos los países estuvieron de acuerdo con la fecha; pero la condonación de alguna que otra deuda exterior, logró el absoluto consenso. Por otra parte, hubo alguna que otra voz que alertó de la existencia de un meteorito que se acercaba a la tierra a gran velocidad y cuyo impacto con la tierra podría ser probablemente el 14 de Junio. Inmediatamente los locos de las estrellas, como se les llamó a los aficionados a la astronomía que habían dado la voz de alarma, se les pagó unas vacaciones al penal más cercano por enardecimiento del orden público e intentar fomentar la histeria colectiva. Hubo incluso otros, cercanos a los gobiernos que empezaron a filtrar información un par de días antes; como que el fármaco que nos repartían era inocuo e incapaz de dormir a las personas, que tan sólo era una especie de placebo; y que realmente nos dormían a través de ondas emitidas desde los satélites situados en nuestra órbita terrestre.

Algo debió ir mal, porque yo, al igual que otros pobres desgraciados nos despertamos aquella noche, cuando se suponía que debíamos estar dormidos. Nos despertamos la noche que  todo el mundo debía permanecer inconsciente  mientras dormían.


Me fui a dormir temprano, aunque ahora creo que ni siquiera eso fue de mi propia elección. Lo último que recuerdo era estar tumbado sobre la cama, incapaz de meterme bajo las sábanas de algodón egipcio, debido al sofocante calor de principios de Junio, Ese verano iba a ser insoportable en Londres. Apenas había llovido y a causa del cambio climático, la ciudad británica me recordaba más que nunca a mi ciudad natal del sur de España. Fui cerrando los ojos poco a poco, lentamente iba perdiendo mi consciencia, cuando observé la pastilla que el gobierno británico se había molestado en hacernos tomar a primera hora del día al salir de casa, cogíamos el metro o tratábamos de llegar a tiempo para fichar en el trabajo. Durante todo el día, sin darme cuenta, había burlado  más por casualidad  que por intencionalidad todos los controles de los bobbies. Había decidido tomarme la pastillita beige que había dejado en el buzón de casa la anterior semana. Pero mi estado de semiinconsciencia estaba ya muy avanzado, así que alargué el brazo para alcanzar el pequeño fármaco y cuando lo introduje en mi boca, ya no recuerdo nada más que estar profunda  e inevitablemente dormido.

No sabía cuánto tiempo había dormido, pero tenía la sensación de haber dormido más de 24 horas. Miré el reloj despertador sobre la mesita de noche, y marcaba las dos. No podía creer que había dormido más de diecisiete horas. Me recosté en la cama, todavía aturdido por el sueño, y al rodearme, se me heló la sangre.

A través del hueco de las cortinas, perniabiertas puesto que no me había dado siquiera tiempo a cerrarlas, cuando el terrible sopor acabó dominándome; no entraba luz alguna del exterior. Todo lo rápido que pude, me levanté y me acerqué a mirar por mi ventana. Perplejo y algo mareado me apoyé en el alfeizar y comprobé que todavía era de noche. La noche más serena y silenciosa de la que había sido testigo en toda mi vida. Los coches no circulaban, los jóvenes no andorreaban tratando de delinquir bajo el cobijo de la nocturnidad, el viento siquiera removía las copas de los árboles más altos, ni siquiera los sin techo aparcados en el lateral de la boca del metro, parecían hoy intranquilos bajo sus montañas de pertenencias desechadas y kilos de indiferencia.


Nada se movía, nadie hablaba, todo estaba en calma, todos estaban dormidos. No pude más que preguntarme por qué yo no estaba como todos, dormido. Bastante asombrado, me dispuse a averiguar si algunos de mis vecinos estarían despiertos, o alguno de mis compañeros de piso. Fui a sus habitaciones, a oscuras, y estaban totalmente traspuestos. Me calcé unas zapatillas de deporte, unos pantalones cortos y la camiseta vieja para estar por casa, y decidí bajar a disfrutar de la noche más tranquila del año. Caminé por todo Portobello, si encontrarme a nadie. Todas las luces apagadas en el interior de las casas reteniendo el silencio de sus moradores. Aquellas viviendas con luz, tampoco albergaban nada. Normalmente, no se me hubiera ocurrido caminar a esas horas por el solitario y oscuro Londres, pero la temperatura y la oportunidad invitaban. Pensaba recordar cada detalle de esa noche para contarlo a la mañana siguiente. Uno de mis compañeros de piso trabajaba en un tabloide como becario. Tal vez publicasen una entrevista. Cuando llevaba un buen rato deambulando de arriba abajo, incluso asomándome por las ventanas bajas de los londinenses para comprobar que todos efectivamente dormían; me pareció ver algo cuando me disponía a doblar la esquina de la avenida que conducía hasta mi casa. Instintivamente me eché para atrás. Me quedé escuchando, y… nada. Me disponía a emprender de nuevo la marcha, cuando un inquietante ruido me frenó. Tenía que dar la vuelta. Pero esa era el único acceso de vuelta a casa. Me estaba empezando a arrepentir, por qué había salido de casa. El ruido volvió a acercarse. Tenía que marcharme de allí, pero el pánico me impedía moverme. Sigilosamente, casi sin respirar tampoco, me incliné sobre la pared para ver qué era lo que me estaba aterrorizando. Cuando mi vista empezó a doblar la esquina, lo vi: había alguien vestido de negro con ropa militar, que al verme asomar tomó impulso y  comenzó a correr hacia mí. 
—maldición— pensé. Pero esta vez mis piernas me respondieron, gracias a la adrenalina segregada ante la visión del sujeto que inspiraba toda clase de consecuencias terribles para mi persona. Corrí cuanto pude, más rápido que cualquiera de las veces que salía a correr a St. James’ Park. Pero al recorrer varias calles, tropecé con un adoquín y mi perseguidor me alcanzó. En el suelo, escuché su respiración entrecortada, me dispuse a rodearme para verle la cara, cuando sentí un penetrante dolor tras la nuca y caí de bruces.

Volví a recobrar el conocimiento en una especie de vehículo amplio pero sin ventanas. A mi lado sentí la presencia de otras personas, a las que no pude tocar o hablar  porque mis manos estaban atadas, y un enorme trozo de cinta americana taponaba mi boca y parte de los orificios nasales.  No sabía ni dónde íbamos, ni quiénes eran esas personas. Sólo sé que estaba realmente asustado. Nada bueno podía sucedernos. Al poco, el vehículo se detuvo. Tras un tiempo de traqueteos por lo que parecía una carretera rural intransitada.  Al abrirse las puertas pude ver a militares encapuchados, apuntándonos con sus linternas y armas. Nos condujeron a una especie de campamento en mitad de la nada. Fui arrojado al suelo junto con mis compañeros, dentro de una de las tiendas. Mis compañeros de cautiverio sollozaban y se retorcían tratando de escapar. Había mujeres, niños e incluso ancianos. Conté una veintena de personas. Justo al lado se encontraba una de las tiendas de los militares, estaban hablando bastante alto, para la costumbre local. Cuando me fijé bien en el acento, y descubrí que el Inglés que hablaban era inglés americano. Comentaban qué iban a  hacer con nosotros, decían algo sobre la hora fijada, nos llevarían a donde habían acordado; sólo debían dejarnos sobre la señal, en el lugar exacto de las coordenadas, y marcharse, si no querían acabar igual que nosotros. Alguno de los hombres se reveló, acerca de lo que estaban haciendo, no hacía más que repetir que sólo éramos civiles inocentes. El que parecía ser su jefe, le aconsejó que se callara, éramos nosotros  o toda la humanidad. Decía que había un equilibrio que respetar, y decía algo sobre si no estábamos preparados para conocer algo así. Incluso le aconsejó perderse en el Caribe con el dinero que le iban a proporcionar, y olvidara todo aquello. No pude oír más por los lamentos de los pequeños y las mujeres. 


Supe que debía escapar de allí como fuese. Busqué a mí alrededor algo con lo que cortar las cuerdas que retenían mi libertad. No había nada a la vista, fue entonces cuando vi a un pequeño secarse las lágrimas con el envés de su manga; le hice señas y se acercó a mí. Le indiqué que quitara mi mordaza, al principio dudó, pero luego lo hizo. Le expliqué que debía intentar desatarme, cuando lo estaba logrando, y la presión sobre mis muñecas disminuía; alguien entró en la tienda. El chico fue sorprendido de pie a mi lado, yo inmediatamente miré hacia abajo. El soldado cogió al chiquillo del brazo y entre gritos y empujones lo sacó de la tienda. Continué frotando mis muñeca hasta que por fin me deshice de las ataduras, lo siguiente fueron los pies. Mi pulso se iba acelerando poco a poco conforme veía más cercana mi liberación. Me dirigí a la parte posterior de la tienda buscando una salida. Aquellas personas al verme  empezaron a suplicar que les liberase, sus caritas imploraban mi ayuda, pero el ajetreo delante de la tienda indicaba que un momento o en otro vendrían en busca nuestra. Con un trozo de metal que encontré en el suelo conseguí rasgar la tela de la tienda, la grieta irregular y estrecho, me permitiría a duras penas salir de aquel lugar. Miré a través de ésta y comprobé que daba a una arboleda. Introduje mis manos por el agujerito y con todas mis fuerzas agrandé la rendija inicial hasta que mi cuerpo pudo pasar con esfuerzo al otro lado. Justo acababa de caer al suelo detrás de la tienda; cuando los militares entraron a por los prisioneros. Permanecí inmóvil tras un árbol cercano, esperando ser descubierto. Afortunadamente, tenían prisa y se gritaban unos a otros para cumplir con la hora fijada. Esperé un par de minutos pétreo, inerte hasta que los oí marcharse. Me asomé pasados otros minutos, y comprobé que no había nadie. En la distancia, a unos ochocientos metros, vi que paraban los vehículos y arrojaban allí a las personas. Inmediatamente después salieron pitando del lugar. Pensé que los habían matado , pero entonces les vi moverse, e intentar levantarse del suelo. Sin pensarlo, con los vehículos todavía cerca, corrí en su ayuda. 


De repente un ruido ensordecedor, el trueno más atroz que jamás había escuchado, retumbó sobre mi cabeza. Acto seguido un cegador haz de luz salió de lo que parecía una enorme superficie aérea y los engulló. Boquiabierto, vi como en un instante la monstruosa mancha había desaparecido y con ella todos los testigos de tal atrocidad.

Creo que me mareé un poco, incluso pensé estar soñando. Desolado y en shock empecé a llorar en el suelo. En pocos minutos, parecía no haber pasado nada. Así estuve, mirando al cielo durante horas, hasta que el sol empezó a colorear todas las cosas a mí alrededor. Anduve durante un par de horas atravesando el bosque, temeroso de encontrarme a alguno de esos hombres, hasta que llegué a una carretera secundaria. Me preguntaba qué había visto, qué había pasado. Tras varias horas de caminata, un coche se aproximó en la distancia. Antes de que pudiera reaccionar, lo tenía encima.

 Un buen hombre se ofreció a llevarme hasta Londres, pretendía ir a la ciudad a ver si sus familiares habían dormido tan plácidamente como él esa noche. Yo inventé una excusa acerca de haberme quedado dormido en mitad del campo, porque mi coche se había averiado.

De vuelta a casa, las noticias de la radio informaban del éxito de la pasada jornada, y cómo se habían ahorrado millones de euros en electricidad, se había reducido la contaminación, y de cómo habían dormido todos los entrevistados en plena calle.

Estaba hecho polvo, por suerte el hombre se dirigía a dos paradas de metro de casa. Me dejó un par de libras para comprar un billete sencillo y me bajé en Portobello. Estaba deseando llegar a casa, y contar a mis compañeros lo que me había pasado, aunque no sabía si me tomarían por loco. Así que a ducharse, y esperar a ver si escuchaba algo en las noticias parecía la mejor alternativa.  Cuando me disponía a subir las escaleras de casa, me di cuenta que no tenía llaves. Mi compañero me vio desde arriba y corrió a buscarlas, para echármelas por la ventana. Intenté atraparlas, pero fallé y cayeron al suelo. Me volví exhausto para cogerlas; maldiciendo a mi amigo, que ya no estaba en la ventana,  por su mala puntería. Al recogerlas del asfalto, un taxi pasó por delante de nuestro edificio, en su interior una figura se sorprendió al verme. Se revolvió en su asiento con las órbitas desencajadas. El taxi paró unos metros delante del edificio;  bajó la ventanilla para buscarme, pero yo ya me encontraba escondido tras la puerta del portal. 

Donde un instante antes había habido una figura recogiendo las llaves, ya no había nada. Tras unos eternos segundos, el taxi arrancó de nuevo, y escuché como se alejaba. Volví a respirar cuando a través del cristal comprobé que el coche giraba justo por  la misma esquina en que la pasada noche había sido apresado. Y más aliviado comencé a subir las escaleras cuando comprobé  que quien iba dentro del taxi era el mismo hombre de negro que me la anterior noche me había atacado.  Giré la llave y entré en casa.
 —¿A salvo? —me pregunté.

Rafael Alcolea Harold

Creimos estar dormidos - (c) - RAFAEL ALCOLEA RODRÍGUEZ Safe Creative #1102110334934

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